Hace algunos años mi abuelo caminaba la Tierra con su rodilla rota…

Preocupado por mi crianza de escuela pública me regaló alguna tarde un librillo con una imagen sideral en su portada. Yo tenía por entonces 11 años.

Detrás de la portada, en su primera página, decía que la imagen era una fotografía tomada por el telescopio Hubble en la nebulosa Águila, aproximadamente a unos 6500 años luz de la Tierra. La imagen tenía por nombre ‘Los Pilares de la Creación’.

Maravillado ante semejante despliegue visual, leí las primeras páginas. Me sorprendí al encontrar que el libro contenía cientos de preguntas y respuestas científicas sobre el origen del universo, cómo se hace un agujero negro, cómo se nacen, viven y mueren las estrellas, entre otras locuras de la creación.

Era la primera vez en la vida que leía algo de divulgación científica, todo para mí era nuevo, era como volver a nacer consciente de la vastedad del universo y de sus maravillosas incongruencias, todas mis preguntas tenían respuesta, y las certezas comenzaron a convertirse en nuevas preguntas.

La razón del nombre asignado por la NASA en 1995 para “Los Pilares de la Creación” era de por sí enigmática.

Tres efigies de polvo estelar se levantan fantasmagóricamente en los confines del pasado, en su interior guardan los secretos de la creación, la apuesta a dados jugada por dios en donde nacen los soles primigenios. Polvo estelar compactado a lo largo de distancias incomprensibles, pesebre de hidrógeno y helio.

En esos tres “pilares”, específicamente en sus puntos más brillantes, en las cúspides, a temperaturas altísimas, nacen estrellas. El borde brillante de los pilares es literalmente polvo siendo removido a velocidades intergalácticas mientras las estrellas que nacen expulsan material desde su interior. Son pilares de la creación porque literalmente fueron “creadas” estrellas en su vientre cósmico, en un universo más infante.

La fotografía de los pilares tiene un tinte melancólico, siempre me daba cierta tristeza ver sus azules bíblicos, pero también reconocía en la fotografía una belleza apabullante, era una captura científicamente detallada del universo desnudo, de una pequeña pero inmensa parte de su infinita naturaleza.

Pero creo que lo que más me sorprendía de “Los Pilates de la Creación” era la inminente posibilidad de que este recóndito nido de soles ya no existiera, porque estábamos viendo una imagen del pasado, de uno muy lejano. Lejano en tiempo y lejano en espacio.

Cuando un telescopio como el Hubble o como el Webb pone sus antenas y espejos en una determinada dirección no está emitiendo una señal hacia ese lugar, no está viajando hasta ahí, sino que está recibiendo información “que viene”, que viaja, desde esa dirección hacia el telescopio.

Las señales que reciben nuestros instrumentos de arqueología espacial vienen en determinadas frecuencias de onda, que se reciben y procesan para darnos imágenes construidas. En ese sentido, y considerando que la luz viaja a una velocidad muy alta pero finita, las imágenes que vemos corresponden al pasado, por todo el tiempo que se toma esa frecuencia de onda en llegar a nosotros.

Entonces nos separan dos cosas inseparables: el espacio y el tiempo. El espacio porque la distancia entre ese lugar del universo y nosotros es abrumadora y en crecimiento pues el espacio se expande. Por otro lado el tiempo, por toda la temporada que se tarda esa información en llegar a nosotros, todo ese tiempo por el que “viaja”, entre más lejos veamos, más lejano el tiempo que estamos viendo.

El pequeño libro heredado explicaba que sabiéndose el universo en expansión, y que probablemente esa expansión viene de un único punto de origen denominado Big Bang, cuando apuntamos los receptores a una locación específica, a miles de millones de años luz de distancia, vamos a recibir información que viene desde el origen del universo, y las imágenes procesadas nos dirán cómo era ese universo en su infantil caos.

Todo esto quiere decir que los pilares de la creación, a 6500 años luz de distancia, tal vez ya no existan, quizá fueron diluidos por la energía caótica de las propias criaturas estelares que nacieron en su interior, y que incluso dichos soles que nacieron en los pilares tampoco existan, licuados en materia y energía que daría origen a galaxias más recientes, etcétera.

Admiré no sólo la explicación que daba el libro, había una cierta fascinación en la escritura que lo hacía muy emocionante, sino que también admiraba al universo mismo, a su creatividad natural, a su capacidad de desarrollar la memoria como cualidad espacio-temporal de sí mismo, a su inconmensurable totalidad.

Lo que más me conmovía era de quién venía el libro, de mi abuelo, de Tito. Era un señor estudioso de la biblia, conservador y liberacionista, convencido que Dios había enviado a Figueres padre a Costa Rica para fundar la Segunda República.

Mi alegría literaria se fue desvaneciendo poco a poco cuando el anónimo autor explicaba a partir del último capítulo del libro que todo lo maravilloso del universo, toda su infinidad de galaxias, sus agujeros negros, sus púlsares, sus lunas y sus soles, eran simplemente una creación de Dios, el big bang como chasquido divino, no podía existir otra respuesta, vivíamos entonces en lo que se conoce como un “diseño inteligente”.

Terminé el libro, pero nunca le hablé a mi abuelo al respecto. Creo que no me gustó sentir que estaba dándome propaganda religiosa, pero al mismo tiempo no conseguía alejarme del libro: lo andaba en el maletín de la escuela y colegio, lo ponía sobre el escritorio del cuarto que compartía con mis hermanos, siempre a la vista. Su portada me encantaba, era hermosa, los Pilares de la Creación.

Mi abuelo murió una tarde casi lluviosa del 29 diciembre del 2015 a los 76 años, mientras su familia hacía turnos para darle una última despedida en un cuarto ausente del hospital de Heredia. No pude llorarlo hasta que lo bajaron en un ataúd un par de metros bajo tierra.

Me gustaba mucho pasar tiempo con él. Desyerbar el jardín del frente y el patio trasero, cosechar gotas de café del único arbusto que tenía, regar las matas con una manguera cuasi-industrial, tomar conversados tres dedos de café con crema mientras comíamos gallos de salchichón o sanguches de jamón queso. Me gustaba hacerle preguntas, y siempre creí que a él le gustaba hacérmelas a mí también.

El 25 de diciembre del 2021 el moderno telescopio Webb fue lanzado por la NASA al espacio, y sus primeras imágenes fueron expuestas al público el 12 de julio del 2022. Entre esas primeras imágenes estaba una fotografía más detallada, estrellada e iluminada de los “Pilares de la Creación”.

Una infinidad de estrellas amarillas de 6 puntas se despliegan por la manta de algodón azul del universo, en el centro de la imagen se levantan tres columnas de tierra interestelar que albergan la fecundación in polvo de nuevas estrellas, listas para ir a darle forma al universo una vez salgan de su caparazón espolvoreado. En la cúspide de estos pilares creadores se observan zonas de un rojo incandescente, cunas de caos y expresión material de la entropía acelerada, desde donde se emite energía a cántaros. Los pilares como extremidades del tejido universal, los soles como lunares en la piel del cosmos infante.

¿No son los pilares de la creación la manifestación del universo de su capacidad de memoria y de cómo esta característica está impregnada en nuestro ADN cósmico, en nuestra naturaleza, en mi capacidad para recordar la materia, carne y huesos que era mi abuelo? / ¿No son el Telescopio Hubble y aquel librillo religioso del diseño inteligente el mismo artefacto de arqueología cósmica que permite observar el pasado visible en el universo cerebral?

El librillo lo perdí en alguna fecha inconclusa, los pilares de la creación dejaron de existir en algún tiempo de la prehistoria universal y mi abuelo murió hace casi 8 años. Y sin embargo, la memoria me ha permitido escribir todas estas líneas, me ha permitido recordar y recibir las señales que emite mi cerebro de recuerdos que están en el pasado, en otro tiempo, en otro espacio.

Sin tenerlo conmigo físicamente pude escribir sobre cómo ese librillo que mi abuelo me dio, en un impulso concienzudo de acomodo doctrinario, terminó dejando una emisión de onda que viajó durante todo este tiempo conmigo y que en el presente me permite recordar cómo era la vida con mi abuelo, con Tito, hace algunos años.

El universo mismo, su naturaleza material, contiene en sí mismo los códigos y vestigios de lo que era en el pasado, el universo se contiene en sí mismo como expresión de la memoria. El ADN es una prueba irrefutable de eso.

También sabemos, por ejemplo, que el elemento Calcio (20, Ca, Calx, 40.08) presente en nuestros huesos se originó y propagó a partir de explosiones de supernovas primitivas, llegando a recónditos del universo. Somos la prueba viva de la relación material entre pasado y futuro, el universo tomando conciencia de su propia capacidad de memoria.

La naturaleza estelar de la memoria radica en su capacidad para dejar señales, para dejar huella, para dejar frecuencias de onda, radica en su habilidad para dejar recuerdos, para preservar momentos etéreos, para sentir personas que ya no están y que muchas veces son borradas por el inquebrantable pasar del tiempo, pero que están con nosotros por medio de la memoria, de su capacidad cósmica para viajar en el tiempo.

¿No son las nubes lo mismo que los árboles?

Fractales de materia y alma que se expanden como la vida.

Estructuras atómicas imperfectas, maravillosas e inefables.

¿No son los árboles lo mismo que las nubes?

Algodones de sangre y lluvia que forman copas en sus fronteras inacabadas.

Montañas inconformes con la muerte, enraizadas en el horizonte donde nace la estrella.

¿No son lo mismo?

Ramas y truenos, salvia y agua, finito e infinito.