La mañana pintaba ajetreada en la pulpería La Conchita. El día despertaba fresco y los pajaritos anunciaban la amanecida con un concierto en secuencia áurea.
Entraba a la escuela por la tarde, así que de mañana ayudaba a mi tita Cecilia desde las seis hasta las once, antes de almuerzo. Atendíamos mamás dispersas que buscaban alguna merienda para sus hijos, papás atontados preguntando por cartulinas o goma loca, y jóvenes enlagañados preguntando por el pan del desayuno.
La Conchita era la pulpería del barrio, la que tiene de todo, desde polvo para hornear hasta artículos escolares, desde cebollas hasta cervezas, desde condones hasta tiempos de lotería. Un microuniverso de compraventa atento a las necesidades de los vecinos de Barrio Pithaya, en aquella San José perdida, y nunca encontrada, de los años dos miles.
Mis abuelos eran sus dueños, y desde hacía ya muchos años se dedicaban al negocio familiar en tiempo completo. Cuando yo nací, ya llevaban años con su pulpería, por lo que una buena parte de mi infancia consistió en jornadas compartidas entre los pequeñísimos pasillos de la pulpería y las picantes conversaciones que arrancaba mi abuela a sus singulares clientes.
Tras una buena mañana para los números de la pulpería, el almuerzo se acercaba con dentellada velocidad, por lo que fui trastienda a mi casa en busca de alimento. Mi mamá me recibió con un beso rápido y relativa alegría, me dijo que había llamado la profesora de la escuela y que no había clase en la tarde. Mi felicidad se nubló casi de inmediato cuando me pidió ayudarle a mis abuelos en el negocio durante el resto del día, porque ella tenía que ir al centro a comprar unos metros de tela. Yo accedí, a cambio de que me trajera algo de San José.
Era una tarde bochornosa de mayo, las hojas de los árboles circundantes a La Conchita se meneaban con una gracia austera. Mis abuelos dormían plácidamente su tradicional siesta pos almuerzo. Yo atendía la pulpe con aburrimiento preadolescente, pero me dedicaba a ordenar la mercadería con astucia militar: limpiaba las galletas empaquetadas llenas de una fina película de polvo josefino, refrescaba las lechugas con rocíos de agua desde una botella plástica, ordenaba la caja registradora y separaba bien las monedas que se mudaban con las de otra denominación.
Sin aviso, entró a la pulpería doña Mercedes, católica y apostólica, pero además señora acomodada vecina del variopinto Barrio Pithaya. Dijo buenas tardes y caminó directamente hacia el final de la pulpería. Salí de la caja, aperezado, y le dije: ¿en qué puedo ayudarle? Me dijo que iba a ver varias cosas para la casa. Contuve cierta distancia y me devolví a la caja, pensando en la vez que de un bolazo le habíamos deformado el portón gris de su casa, en una mejenga de barrio que terminó tres a dos, recuerdo todavía los gritos que salían de su boca, llenos de santos y maldiciones divinas, y a su esposo, un bonachón que se preocupaba más por tranquilizar a su esposa que por regañarnos a nosotros.
Doña Mercedes era un referente en la comunidad, una señora metiche y obstinada que presidía la asociación del barrio y el comité cantonal de la iglesia. Era acomodada, sobretodo gracias al trabajo en el Estado que tenía su esposo, en alguna institución difícil de identificar. En su pasión por meterse en todo era, también, la encargada de conseguirle santos al pequeño templo católico de Barrio Pithaya, ella les decía “imágenes”, eran estatuas de yeso, fibra de vidrio o resina de al menos un metro de altura.
Las traía de una icónica librería católica llamada “Santa Ana” encontrada en San Joaquín de Flores de Heredia, un negocio muy similar a La Conchita, solo que en vez de refresco y arroz vendían escapularios, libros de catecismo y arras para bodas. Recuerdo que la señora decía el nombre de aquella librería cantado, como si el matrimonio de los santos abuelos de Jesús (Ana y Joaquín) vertiera una bendición especial sobre ella y sobre aquel establecimiento de beática valentía comercial. En resumen, la señora era un referente en el barrio, digna de respeto y aburrimiento eclesiástico.
Sin dejar de pensar en imágenes de santos, observé desde la caja cómo doña Mercedes tomaba de los cajones de verduras una zanahoria grande y la escondía en su bolso de cuero con naturalidad inocente. Me pareció un movimiento extraño, un gesto que contenía cierta carga eléctrica. Decidí pensar lo más positivo, que su bolso funcionaba como canasta del comestible.
Tomó luego una salsa de tomate, se agachó levemente por una bolsa de frijoles rojos, los llevó en sus manos y los puso en el mostrador de la caja. ‘Vaya empacando eso’, me dijo con una orden un poco fuera de lugar. Se devolvió al siguiente pasillo, tomó una botellita de shampoo y la metió también en el bolso, junto a la zanahoria.
Me parecía ya un hecho que superaba la inocencia y la ficción, por lo que no pude evitar seguir viendo los movimientos de la señora Mercedes. El ciclo se repitió. Tomó una botellita de aceite de oliva, una bolsita de sopa Maggi, y luego se dio vuelta al estante donde estaban los productos de limpieza, agarró una barra de jabón azul y la metió en su bolso, para luego poner los dos abarrotes previos en el mostrador. ¿Estaba doña Mercedes robándose cosas de la pulpería? ¿Estaba pretendiendo que compraba para aprovecharse y robarse una barra de jabón azul?
Yo permanecía en silencio, un tanto por el espectáculo de magia que desplegaba doña Mercedes al desaparecer algunos artículos en su bolso, así como por el shock que me daba que esta señora pretenciosa y religiosa estuviera robando. ¿Y yo qué hacía? Si la enfrentaba podía montarme un escándalo y negarlo todo sin dejarse revisar el bolso, si no la enfrentaba y las cuentas de la pulpería no cerraban me iba a tocar a mí una regañada y una baja en la mesada que me daba mi abuelo a escondidas.
Doña Mercedes me sacó de mis pensamientos rápidamente llegando a la caja: ‘No ha empacado nada’, me dijo, ‘ando apurada, cóbreme por favor’. Yo empecé a guardar su comestible en una bolsa plástica, aún confundido por lo que estaba pasando. De repente, apareció desde la puerta trasera mi abuela, un poco despeinada por su sueño pasajero, saludando con alegría a doña Mercedes.
Yo no sabía qué hacer. La entrada en escena de mi abuela hacía todo más incómodo, pues tampoco podría yo mencionarle sobre las acciones de la señora Mercedes. Las señoras se pusieron a conversar sobre la última misa del Padre Julio, mientras yo escuchaba con los ojos expectantes en las manos ágiles de doña Mercedes. En un movimiento que me pareció natural, pero al mismo tiempo cargado de esa aura criminal que sentía antes, doña Mercedes puso a caminar a mi abuela por la pulpería, ambas avanzaban lentamente por los cortos pasillos, como si conversaran plácidamente en el pasillo de un largo museo de colores y marcas comerciales.
En uno de los giros del pasillo de granos básicos, observé cómo doña Mercedes tomaba una cajita de palillos de dientes y, mientras hacía reír a mi abuela, la deslizaba también dentro de su bolso junto a los otros productos extraños. Me quedé pasmado ante lo que veía. Llegaron de vuelta al mostrador y la señora dijo: ‘dígale a su nieto si me hace el favor de cobrarme’. Mi abuela volvió su mirada hacia mí en tono imperativo. Yo le devolví la mirada con los ojos abiertos, haciendo muecas sutiles dirigidas al bolso de la señora, mi abuela obviamente no entendió y me hizo una cara de confusión.
Derrotado y con un nudo en la garganta, sumé las cosas que había en el mostrador y dije el monto en voz alta. La señora sacó un billete de diez mil y me lo dio con aire de autoridad. Lo tomé, le di su cambio y le acerqué la bolsa. La señora dijo: “¿por qué me ve así?” “¿Así cómo?”, respondí, “así como buscando lo que no se le perdió”, sentenció. La señora tomó la bolsa de sus orejitas y se marchó dándole un beso alegre a mi abuela.
Mi abuela me preguntó si me pasaba algo, le dije rápidamente que no. Me dijo que se había despertado porque necesitaba ir al baño, pero luego escuchó a ‘Merceditas’ y quería saludarla, porque no la había visto en la misa del domingo anterior. Yo no respondí nada, y me dediqué a ver cómo Tita desaparecía de la pulpería de nuevo por la puerta trasera, a buscar una segunda ronda de sueñito siestero.
Yo pasé en vilo el resto de la tarde y noche. Miles de preguntas y culpas llenaban mi cabeza de un ruido incesante. ¿Debía incriminar a doña Mercedes? ¿Debía enfrentar a la señora o más bien acudir con mi mamá o mis abuelos? ¿Y si mi verdadera responsabilidad era llamar a la policía? Imaginé cinco patrullas llegando una noche al impecable jardín de doña Mercedes, abriendo el portón a la fuerza, y llevándose a la señora acaudalada con esposas en las muñecas y a su esposo detrás diciéndole al policía que mejor lo llevaba a él porque su esposa necesitaba 8 horas de sueño.
El tema que más succionaba mi atención era el carácter religioso de la señora ladrona. Era la primera en llegar y la última en irse del templo católico de Barrio Pitayha. El Padre Julio la ponía siempre como ejemplo de la comunidad, y la señora siempre hablaba de sus amigos de la librería católica en Heredia, como si se tratase de comerciantes mandados por el papa. Mi abuela la quería un montón, se gastaban los domingos tomando café con rosquilla, hablando de la Iglesia, de lo glotón y gordo que se había puesto el Padre Julio, y de lo mucho que mostraban de piel las jovenes que iban a iglesia, sin el recato de sus tiempos.
Por todo lado, yo tenía las de perder ante la denuncia por robo que tenía en mente contra la señora Mercedes. Resignado, decidí dejar pasar el asunto, e ir a cenar con la esperanza de que nadie preguntara nunca por una barra de jabón azul faltante.
Fui a la cocina y me senté en la mesa para cuatro que compartíamos Tito, Tita, mi mamá y yo. Esa noche había canelones envueltos en huevo pasados por mantequilla, no aceite. El rumor de la noche llegaba fresco, pero el clima se mantenía caliente.
Mi abuela, más preocupada por los demás que por su comida, se levantaba y sentaba cada unos segundos, agregando unas tortillas, un refresco o un tomate picado a la cena. Mi mamá preguntó por la pulpería: “¿cómo le fue en la tarde?” Yo me contuve, no quería dar sospechas de nada. Dije, como ausente, “bien por dicha”. “Vino Merceditas a llevarse unas cosas”, dijo mi abuela. “¿Qué se llevó?”, preguntó mi madre. Ambas me volvieron a ver, expectantes. Yo sudaba frío, mi boca se abrió levemente pero no salió palabra de ella.
Volví a ver a mi abuelo distraído con su comida, y respiré. Mencioné las cosas que había puesto en el mostrador, pero no dije nada de lo que llevaba en su bolso. Mi mamá respondió: “ah bueno, gracias por cubrirme, yo le traje una dona rellena que me pidió de San José, está rica”. Agradecí y decidí irme pronto a mi cuarto.
Cuando me estaba levantando, alguien tocó la puerta de la casa con firmeza: ¡toc, toc, toc! Pocas veces alguien llegaba a tocar esa puerta, y a esa hora, pues los vecinos solían ponerse en contacto con nosotros por medio de la pulpería. Las veces que llegaban a tocar la puerta de la casa era para emergencias, como la muerte de alguien o alguna necesidad urgente de medicamento para un niño con fiebre.
Nos miramos todos expectantes, sin tener idea de quién podía ser nuestro visitante. Mi abuela se levantó y caminó hacia la puerta. La abrió y me dio un vuelco el corazón: era el esposo de doña Mercedes. Quité la mirada rápidamente. ¿Qué estaba haciendo ese señor ahí? ¿Me estaba buscando? ¿Sabía doña Mercedes que yo la había visto? ¿Querían sacarme de la imagen por ser testigo de sus crímenes? Pero si yo no le dije a nadie, pensé.
El señor habló con una voz firme pero suave, bonachón como siempre: “Doña Cecilia, qué pena, acá está lo que se trajo Meche hoy de la pulpería.” El señor le dio una bolsa a mi abuela que tenía adentro una zanahoria, una botellita de shampoo, una cajita de palillos de dientes y una barra de oloroso jabón azul. Mi abuela le agradeció y le dijo que no se preocupara. Tomó la bolsa y se despidió del señor cerrando la puerta amablemente.
Mi abuela se volvió con una sonrisa y me dijo: “¿usted no vio que Merceditas se llevó unas cosas de la pulpería?” Mentí diciendo que no, que estaba ocupado haciendo las cuentas en el libro de actas. Respondió diciendo: “es que Merceditas es un alma buena, pero tiene sus mañas, y una de ellas es robarse cosillas, aunque no es muy buena haciéndolo, uno siempre se da cuenta.”
Resultó ser que doña Mercedes era cleptómana, así que de forma más o menos inconsciente se robaba pequeñas cosas de la pulpería, desde hacía años, y su esposo siempre venía en la noche o en la mañana siguiente a devolver los productos que habían sido hurtados, disculpándose por su esposa, diciendo que a ellos no les falta nada en casa, pero que así era ella.
Tita nos contó también que el Padre Julio, en un arrebato de chisme pecaminoso contra Mercedes, y unas copitas de vino para consagrar, narró que le habían llamado de la Librería Católica de Heredia, pues les faltaba una imagencita del Divino Niño que desapareció el día que él y doña Mercedes había ido a ver las imágenes para el templo. Para sorpresa del cura, a la mañana siguiente el esposo de Merceditas había llegado antes de su trabajo a la casa cural, a dejar la imagen del divino niño y una disculpa para el cura y la librería.
La noche terminó tranquila, entre historias de la pulpería y de los personajes que aparecían por ahí casi que a diario. San José tenía ese aire cosmopolita de locura callejera que se metía a la pulpería y dejaba sus historias impregnadas en el aire.
La tarde siguiente del incidente de doña Mercedes me tocó de nuevo ayudar a mis abuelos en la pulpería.
Me aseguré que los productos tomados por la señora estuvieran de vuelta en su lugar y salí a la acera, a recibir un poco de viento y saludar a ‘Canela’, la perrita callejera que pasaba sus tardes dormitando en la pulpería. La tarde parecía dicembrina, y las montañas del sur se levantaban imponentes sobre el pequeño bosque de la Sabana.
Doña Mercedes se dirigía rumbo al templo, a la hora de confesiones con el Padre Julio. Pasó por el otro lado de la acera de la pulpería, volvió a ver de forma inocente, me saludó con su mano y le devolví el gesto con energía.
Yo pensé en su condición ladrona de señora acaudalada y sonreí. Éramos rivales al juego del ladrón y policía, solamente que ninguno de los dos había ganado la primera ronda.
