Me enoja llegar a trabajar en la mañana y registrar mi cara sonriente ante una maquinita odiosa. Es decir, no debería ser una sonrisa, debería ser solo mi cara, mi cara impoluta de emociones falsas y pretendidas, de sonrisas a medias, debería ser solo mi cara. El error lo cometí hace algún tiempo, cuando tuve por primera vez que registrar mi rostro ante aquella endemoniada máquina. Me llevaron, me preguntaron por mi cédula, y luego me solicitaron que pusiera mi cara a la altura de una pequeña máquina que me devolvía la imagen como un espejo electrónico de mala calidad. Por alguna razón, quizá por una presión de recién llegado, o por aquella maña vieja de querer complacer a otros, que decidí sonreír para la máquina, para el registro facial que definiría cómo tendría yo que poner mi cara en el futuro, todos los días, un error que pagaría caro, caro pero a cuotas.

Al inicio yo no usaba el aparato para la llegada y la salida, me parecía arcaico, digno de las primeras etapas del capitalismo esclavista, me parecía signo de atraso, signo de control, signo de poder entre los patronos y los trabajadores, así que por estas consideraciones ideológicas, vaya lujo, me negaba a usar aquel aparatejo. Sin embargo, las cosas cambian, como los patronos, que al inicio de su gestión fueron enfáticos en la obligatoriedad de aquel maldito reloj controlador, aquel maldito mecanismo de fuerza por medio de la puntualidad. Lo odio, lo odio tanto, a veces sueño despierto mientras camino por la oficina, llevando un martillo del tamaño de mi antebrazo, y voy feliz, sonriente, tal y como me lo pide la máquina, y cuando llego a la pared asesto tres golpes brutales contra aquel aparato construido en china que me obliga a sonreír cuando me tiene de frente. Lo odio, quiero que su existencia corrupta sea eliminada de la tierra, quiero que su dejo esclavista deje de atormentarme hasta obligarme a sonreír.

Quiero llegar al trabajo puteado, enojado, triste, quiero llegar con lágrimas en los ojos y mejillas, quiero llegar con un dolor del alma que apenas y me deja salir de la cama, quiero sentir que mi tristeza tiene sentido, que no tengo que ocultarla para decirle a una máquina infernal que estoy feliz, para luego doblar la sonrisa por dolor y pena. Estoy harto de fingir felicidad ante un aparato que no tiene la capacidad de sentirla, pero sí de reconocerla, y lo he intentado, lo he intentado hasta el dolor del alma. Muestro mi cara neutral, hago muecas, me pongo serio, hago un puchero, nada, ningún gesto parece satisfacer el sacrificio necesario que quiere la máquina, ese volcán laboral que solo sobrevive por sonrisas falsas y ajenas. Nada funciona, solo la sonrisa, una sonrisa obligada y entumecida, una sonrisa que a veces olvido, una sonrisa que dejé en la casa durmiendo con mi gata, una sonrisa que no llegará si no es hasta dentro semanas.

Ya no quiero sonreír más, ya no quiero que de mi sonrisa infantil se alimente esa máquina devoradora de almas. Me deprime la idea de no ser reconocido a menos de que tenga estampada una sonrisa en la boca, me carcome el alma creer que solo soy en tanto es mi sonrisa, y no soy en tanto soy yo. Camus decía que uno debe imaginar a Sísifo feliz, y creo que estoy de acuerdo, solo no creo que Sísifo, antes de subir su piedra por la montaña, tuviera que poner una sonrisa frente a un detector de miradas para iniciar su jornada de empuje, creo que Sísifo en esas circunstancias sería tanto o más miserable de lo que soy yo hoy en día. Ahora solo me dejo llevar por el sinsabor de la cotidianidad física, entro, digo un buenos días ausente a la gente madrugadora del comedor, y me encamino con miedo ante la máquina registradora de rostros. Sé que puede olerme, espera mi llegada como si se tratase de un depredador animal listo para el ataque, sé que sabe cuando estoy cerca, puede sentirme, puede sentir mi sonrisa nacer desde un valle de mentiras y pretensiones, sabe de mi sonrisa falsa pero no oculta su necesidad de ella, su hambre de sonrisas insulsas y vaciadas. Ya no quiero sonreírle, quiero estar triste en paz.

Autor: Eddson Miguel Gómez Chavarría

Fecha original: mayo, 2023