Gandoca es un lugar tranquilo y terriblemente hermoso. Tuve la oportunidad de vivirlo hace tan sólo unas semanas, cuando escapé con el corazón galopando tras un difícil cierre de año.

Me hospedé en un hostal llamado Cabinas “El Rinconcito”, unos sencillos y cómodos aposentos ubicados a unos doscientos metros de la playa, sobre la callecilla principal del pueblo.

Doña Ángela, la dueña, me recibió con una sonrisa de bienvenida, me indicó dónde estaba mi cuarto y, más tarde, me acompañó a almorzar mientras hacía preguntas de anfitriona. Tanto las cabinas como la casa de Ángela compartían la misma gran propiedad repleta de árboles de mandarina. Con ella vivían su pareja “Checho” y su hija Lucía. La visitaba regularmente su padre, don Antonio, quien vivía solo unas cuantas casas más cerca de la playa.

Un éter silencioso se apoderó de la cabina de madera mientras caía la noche. La oscuridad se sentía distinta, penetrante, omnisciente. Dormí como nunca antes, me despertó el leve sonido de los pajarillos, el rugido lejano de los monos congos, y las leves olas del mar. Era casi el mediodía.

Almorzé y esperé a que el sol bajara un poco para ir a la playa. Alisté un paño, un libro nuevo que había comprado justo para la ocasión, y una golosina de chocolate que se estaba derritiendo rápidamente. Salí a la playa saludando a “Checho” como si fuera mi amigo de toda la vida.

Tras pasar un largo rato leyendo bajo la sombra de una palmera, vi a una mujer joven correr en mi dirección. Se detuvo un momento para preguntarme si tenía una cuerda. Extrañado, le dije que no. Se molestó un poco, pero siguió corriendo por la pesada arena negra y poco tiempo después, se perdió en el horizonte.

Unos segundos después, sin previo aviso, otra mujer hacía el mismo recorrido. Ella no se acercó a mí, pero mientras seguía a su amiga gritó: ¡A dos personas se las llevó la corriente!

No tuve ninguna reacción inmediata. Sin embargo, interpelado por la situación de emergencia, recogí mis cosas y las seguí. Alcanzé a las muchachas casi un kilómetro después. Poco después apareció una tercera mujer que me seguía a unos 100 metros. Traía una soga y un chaleco salvavidas bajo el brazo. Nos gritó entrecortadamente: ¡Ya — llamé — al novecientos once!

Corrimos al menos 10 minutos sin parar hasta llegar al lugar donde las muchachas habían visto por última vez a los dos náufragos: Laguna Gandoca.

La Laguna de Gandoca es igual o más enigmática que su pueblo. Una gran laguna justo en la salida al mar del Río Gandoca. El agua es de un verde musgo penetrante. En sus orillas, las ramas de los árboles se asoman desde sus copas para ver lo que esconde el cuerpo de agua en sus profundidades.

El abuelo Don Antonio dijo el día del suceso que en esa laguna hay algo. Una vez, me contó, estaba con sus hijas pescando a la orilla de la laguna. Tiraban la caña en busca del almuerzo. De repente, unas burbujas comenzaron a emerger en el centro del agua. Primero eran pequeñas, pero rápidamente se convirtieron en borbotones del tamaño de tortugas adultas.

Don Antonio, extrañado, entró en pánico cuando sus pies comenzaron a desvanecerse. ¡El centro de la laguna se estaba tragando la arena!

El hombre gritó, batalló contra las arenas movedizas, y de un alarido ordenó a sus hijas alejarse del agua lo más rápido posible. Cuando estuvo en la orilla, a salvo, vio cómo en el centro se formaba una clase de remolino, a una velocidad inaudita. De pronto, sin ningún testigo excepto sus hijas, el agua se detuvo. Se calmó. Dejó de hacer lo que se supone que hacía. Un olor a lodo viejo y descompuesto penetró en el aire seguidamente. Don Antonio se alejó de la Laguna Gandoca con las manos de sus hijas agarradas entre sus dedos. No pudo pronunciar palabra.

La salida al mar de la laguna era rápida y peligrosa. La primera jóven, quien me había pedido una cuerda, se adelantó e hizo señas en dirección al mar. Justo donde, a unos cien metros, dos pares de manos hacían señales de vuelta.

Sentí miedo e impotencia. Allá estaban, dos personas, mar adentro. Nos separaban metros y metros de olas y corrientes marinas, que, probablemente, nos llevarían a donde estaban, pero no exactamente a salvo.

Logramos gritarles diciendo que ya habíamos ido por ayuda. Nos hicieron señales de aprobación y luego, esperamos. Estaban agarrados de un tronco que el mar también se había tragado.

Ana, así se llamaba la primera muchacha, estaba especialmente desesperada pues era salvavidas y sentía que su responsabilidad, a pesar de lo peligroso del mar, era ir hacia donde estaban los náufragos. Su amiga Sofía la calmaba, nos calmaba, señalando lo poco útil y peligroso de cualquier intento por nuestra cuenta. Así que esperamos. Esperamos muchísimo tiempo y no pasaba nada, el rescate no llegaba.

Las corrientes marinas no esperaron, por supuesto. En unos veinte minutos los dos náufragos estaban a unos trescientos metros de la orilla. Pasados otros diez minutos estaban como a quinientos metros, Atlántico adentro. Al cabo de una hora, estaban a más de un kilómetro. La ayuda brillaba por su ausencia.

Una panga apareció en la laguna con una familia pescadora. Se bajaron a la otra orilla de la salida del mar y nos gritaron. Señalamos hacia el horizonte y entendieron de inmediato. Comenzaron a hacer señales a los náufragos, pero estaban tan lejos, que era imposible saber si les estaban viendo.

La familia de pescadores nos volvió a gritar, y una mujer adulta nos señaló un par de kayaks amarillo que estaban boca abajo en la otra orilla de la laguna, cerca de donde ellos se habían bajado. La deducción grupal fue que los kayaks eran de los dos náufragos.

Pasaron horas y horas, habíamos perdido la cuenta. El sol cayó tras la playa y las estrellas comenzaron a aparecer en el cielo. Ya no podíamos ver a la pareja en el mar. Habían desaparecido.

Poco después del atardecer, con linterna en mano, llegó un señor de greña blanca a la orilla de la Laguna. Nos preguntó qué pasaba, qué por qué en la playa había tanto alboroto. Le dijimos lo que sucedía, señalamos a los dos náufragos, al menos la ubicación de la última vez que los vimos, y le enseñamos los kayaks del otro lado de la laguna.

Esos kayaks son míos, dijo el hombre, quien se presentó como José María o “Chema”. Luego, entre el enojo y la preocupación, nos dijo que su hijo había llevado a dos turistas a dar un recorrido por la laguna. Los kayaks amarillos son míos, mi hijo andaba con ellos. El muy cabrón sabe que no se puede meter aquí cuando está la marea alta, ¿no ve lo peligroso que está la laguna?

La tragedia era peor. Eran tres personas. Sin entender muy bien lo que estaba pasando, dije en voz alta: Yo sólo vi a dos personas en el agua…

Como una persona faltaba en el mar, asumimos que era el hijo del señor. En realidad, ahora que la historia se escribe, no existía en ese momento ninguna señal que nos dijese que el faltante era “Lillo”, el hijo de Don “Chema”. Supongo que la aparición del señor y la revelación que nos hizo, llevó a nuestras mentes a esa conclusión. Sin embargo, al final eso fue exactamente lo que sucedió.

El señor se fue corriendo, internándose selva adentro por la orilla del lago. Como si esa hubiese sido una señal en el pueblo, la gente comenzó a llegar a montones. Pero el rescate no lo hacía. La impotencia y la zozobra eran paralizantes. La noche había llegado sin piedad.

Unos jóvenes con focos de larga distancia, que resultaron ser los hijos de Don José María y hermanos del desaparecido, llegaron a hablar con nosotros como lo hizo su padre. Nos dijeron que ya habían llamado a los Negros de Manzanillo, a Pepe y al señor de Punta de Mono. Todos propietarios de lanchas. Nadie contestó. No había ni una lancha disponible para el rescate.

Pero, ¿y el novecientos once?, preguntó Sofía. Esos no sirven para nada, sentenció uno de los hermanos.

Se fueron y unos 20 minutos después regresaron por el agua de la laguna, en una lancha pequeña de motor aún más pequeño. Vamos a remar hasta donde están, pero el motor nos va a ayudar al inicio, nos gritó uno de los hermanos mientras salían de la laguna hacia el mar.

El rescate improvisado era inminente. A ese punto, como a las ocho de la noche, sólo se podía ver gracias a linternas y focos de emergencia que llevó la comunidad. Ni siquiera las estrellas ayudaban, unos grandes nubarrones se cernían sobre el cielo, y la oscuridad era penetrante. Nadie conoce la oscuridad hasta que la vive en Gandoca.

¿Cómo van a saber en dónde están ellos?, me pregunté. Como si me leyera la mente, Sofía señaló hacia el mar. Una luz, pequeña, se veía allá, en la infinita inmensidad del mar. Eran los náufragos.

Todos los focos y linternas en la orilla comenzaron a hacer señales a la lucecilla esperanzadora. Esta respondía haciendo intermitencias. Los muchachos ahora tenían una señal de dónde estaban los náufragos, una dirección.

En una misión suicida, los jóvenes hermanos se adentraron en las peligrosas aguas del mar de Gandoca.

Cuando estaban como a unos trescientos metros adentro del agua, unos uniformados llegaron corriendo a la playa, a punto de desmayarse. Al fin las autoridades. Eran tres policías en uniforme, quienes tuvieron la complicada tarea de correr por lo menos un kilómetro desde la entrada de la playa.

Ellos y el resto del personal de rescate llegaron tarde y realmente sin herramientas para rescatar a los náufragos. No trajeron una lancha ni mucho menos soñar con un helicóptero de rescate. Los propios oficiales comenzaron a ver la lancha con atención, y a decirnos que ellos no podían hacer mucho. Su despreocupada esperanza también estaba en los muchachos de la lancha.

Todas las personas que estábamos en la orilla, por lo menos unas cincuenta, nos sumimos en una tensa espera. Repasamos los hechos y nos distrajimos con conversaciones casuales, para que el silencio, como ya lo había hecho la noche, no nos ganara.

Horas después, pasadas las diez de la noche, los focos apuntaron a la lancha: venía de regreso. Gritos y aplausos salieron desde la orilla del mar. Media hora más tarde los hermanos regresaron como héroes entre vítores del pueblo. Ellos, sin embargo, tenían un rostro triste y preocupado.

Rescataron a la pareja de turistas, un hombre y una mujer, pero su hermano Lillo no estaba.

Minutos después, uno de los turistas narró los hechos, en un español algo rústico: Estaban navegando cerca de la orilla de la Laguna Gandoca, a punto de llegar a la salida del mar. Los dos turistas en uno de los kayaks, y el guía en el otro. Sin darse cuenta, los kayaks se volvieron inmanejables por la corriente y se volcaron estrepitosamente. El mar les jaló fuerte hacia adentro. La turista estaba siendo rápidamente llevada, por lo que su pareja tuvo el instinto de seguirla. Lillo, el guía turístico, había quedado atrás.

El hombre llegó a donde estaba su pareja, llevado por la corriente. Pero en ese momento ya ambos estaban mar adentro. El turista volvió a ver a hacia la laguna, pero el guía ya no estaba, solamente vio el par de kayaks amarillos.

A ese punto del relato, Don “Chema” hizo un sonido de queja y se fue. Se le escuchó decir: ese cabrón.

Tres días después del incidente, el joven no había aparecido. Se le buscó en lanchas, avionetas y pangas. Toda la comunidad especuló sobre lo que pudo pasar. Unos decían que las corrientes se lo llevaron para Manzanillo, otros ponían sus apuestas en las corrientes que van hacia Panamá, otros decían que el mar lo devolvería pronto a la playa de Gandoca, sólo que no se podía saber cuándo.

Doña Ángela me dijo: Yo creo que se hundió en la laguna y quedó atrapado, ahora el cuerpo debe de estar en el fondo.

¿Usted sabía que ahí abajo hay un barco hundido?, me dijo don Antonio, metiéndose por la ventana de la conversación.

Según relató el abuelo, durante la Segunda Guerra Mundial dos barcos gringos se encontraban en aguas costarricenses, en Gandoca. Pero dos submarinos nazis rondaban aguas ticas también, y como en 1941 Rafael Ángel Calderón Guardia le había declarado la guerra a Hitler, el encuentro se encontraba dentro del marco de las hostilidades mundiales.

Un barco estadounidense fue hundido, justo a la salida de la Laguna de Gandoca. Ahora reposa en el fondo del cuerpo de agua, desde hace casi ochenta años. Don Antonio parecía absolutamente seguro de la veracidad de aquella historia, aunque parecía ser un cuento para turistas poco espabilados.

Una vecina del lugar, que también estaba en casa de doña Ángela, dijo que iban a enviar buzos al fondo de la laguna, para buscar a Lillo. Algo que no se había hecho desde hace 15 años. En esa ocasión, dos personas habían sido tragadas por la misteriosa laguna. Era un sobrino mío, y estaba con su bebé Matías, contó la señora con pesar en su rostro.

El mar de Gandoca seguía indomable, peligroso y bello. Su gran poderío estremece y encanta. El pueblo esperó, y Don José María esperó también.

Antes de regresar a San José decidí visitar por última vez la Laguna Gandoca. Cuando llegué me recibieron sin noticia alguna. Ahí estaba el padre de Lillo, víctima de una conmoción que le había entristecido el semblante. En su mano colgaba una almohada vieja, chorreaba agua de mar.

El hombre había tirado la almohada de su hijo desaparecido al mar de Gandoca. Un lugareño me dijo, casi en silencio, que era un ritual que practicaban los negros de Limón cuando alguna vida era arrebatada por el mar. Dependiendo de a dónde se iba la almohada mar adentro, en esa dirección estaría la persona.

Don Ezequiel tiró la almohada tres veces y siempre regresaba, después de un rato, al mismo lugar, a sus pies. Mala señal. Ese misterioso ritual hizo que la cara del señor envejeciera un par de décadas en segundos, y sin decir palabra, se sentó en un tronco caído, a esperar frente al mar.

Me fui de cabinas “El Rinconcito”, de Gandoca y llegué a San José casi 8 horas después, en un viaje de bus cansado y angustiante. Cuando estaba en la estación de buses en la capital, Doña Ángela me llamó: Ya encontraron el cuerpo de Lillo. El cuerpo, el cuerpo de Lillo.

Unos pescadores lo hallaron cerca de donde los dos turistas habían sido rescatados. Sería llevado a la Medicatura Forense, en San Joaquín de Flores en Heredia, y luego sería regresado a su familia.

Dos días después, le conté a Doña Ángela que en varios medios se publicó la noticia de Lillo. En ninguno se cuentan los hechos como sucedieron. Las autoridades dieron una versión un poco inflada de sus acciones ante la emergencia.

Cabrones, ni se dignaron a venir los periodistas, a preguntarnos a nosotros qué pasó, dijo mi anfitriona, quien se había convertido en algo así como una amiga lejana.

Vale la pena decir, eso sí, que yo tampoco me he ajustado a los trágicos hechos tal y como pasaron. Sólo cuento lo que me contó Gandoca.

Autor: Eddson Miguel Gómez Chavarría

Fecha original: enero 2019