
Camino por el centro de San José casi todos los días desde hace unos 4 años. Vivo en Barrio Pitahaya, cerca de Paseo Colón, una de las arterias centrales para el flujo vehicular que entra, y sale, de la capital de Costa Rica.
He visto madres e hijos cruzar la calle en cualquier parte, jóvenes golpear el chasís de carros que se meten en la zona de paso peatonal, y también he visto adultos mayores con bastón detener completamente el tráfico por lanzarse a cruzar una calle con los últimos parpadeos del semáforo peatonal.
En resumen, hacemos lo que nos da la gana. Las señales de tránsito están hechas para los carros, y si de alguna forma nos afectan, las utilizamos (o explotamos) para nuestra conveniencia. Qué va a hacer ese mae, ¿atropellarme?, que lo intente.
Somos, según la numismática de la lengua occidental, jaywalkers. Los jaywalkers son peatones o transeúntes que no siguen las reglas o señales de tránsito, de alguna manera despreocupados, que cruzan la calle donde y cuando quieren.
Por el centro de San José transitan más de 1 millón de personas al día, ingresan al menos unos 300 mil automóviles livianos y cerca de 20 mil buses. Incontables motocicletas y bicimotos también entran al centro de la capital en un mosaico de ruido y velocidad.
Caminar por San José es, entonces, una aventura no apta para corazones cobardes. Las y los peatones que caminan la capital deben adentrarse en el estómago de la bestia con los sentidos alerta y las piernas calientes.
Ahora bien, ¿quiénes somos jaywalkers? ¿Todos? ¿Mujeres? ¿Hombres? ¿Policías? ¿Infantes? ¿Perros y palomas? Mi teoría es que somos todos, en conjunto, al unísono, una orquesta societal dirigida por la imprudencia y el andar rápido, una sinfonía caleidoscópica del desorden, un caos esculpido por el descuido y el “sea lo que dios quiera”.
El origen de la palabra “jaywalker” data de la segunda década del siglo XX, utilizada por las compañías automotrices de Estados Unidos para justificar la carnicería que provocaron los vehículos en su génesis.
Los accidentes de tránsito no existían como tal hasta que los carros llegaron a las ciudades. Los primeros 10 años del automóvil en EEUU fueron brutales, las muertes corresponden principalmente a niños, niñas y personas mayores de edad.
Antes la calle y la ciudad eran espacio público, es decir: eran de las personas. La irrupción de los vehículos a inicios de siglo XX produjo no solo una serie de cambios en la infraestructura y paisaje de las ciudades, sino que también implicó un profundo cambio en la cultura peatonal, que de hecho se mantiene hasta hoy en día.
Según Peter Norton, un historiador de la Universidad de Virginia, uno de los mayores logros de la industria automotriz fue lograr pasar leyes en todo el mundo para que los peatones sólo pudieran cruzar en los pasos peatonales y en las esquinas.
Si los peatones fallan en alguno de estos dos aspectos, son automáticamente culpables de jaywalking. Y digo culpable en un sentido literal, existen penas en muchas ciudades del mundo por cruzar una calle en el lugar equivocado.
¿Y quienes son las personas más multadas por jaywalking? Bueno, curiosamente las más vulnerables. En Nueva York, ciudad que hace unos días legalizó el jaywalking, encontraron que el 90% de las multas por este delito estaban dirigidas a latinos y negros.
Parece que los policías se aprovechan de la pésima infraestructura peatonal para hacer detenciones arbitrarias, muchas veces racializadas, que en ocasiones escalaban hasta el asesinato de las personas detenidas por “jaywalking”.
En Costa Rica, los oficiales de la policía de tránsito pueden multar a los peatones que no cumplan con las leyes viales. Las multas son de unos 40 dólares y se cargan al documento de identidad. Sin embargo, están solo en el papel.
Sería materialmente imposible multar a todos los peatones que infrinjan las reglas de tránsito, somos demasiados. Y eso está bien, pues libramos una batalla contra los reyes de la selva de asfalto: los carros.
Costa Rica es el 3er país de latinoamérica con mayor densidad vehicular, solo por debajo de México y Argentina. Hay 231 carros por cada 1000 habitantes, y solo del 2008 al 2018 hubo un crecimiento de la flota vehicular del 60%.
Toda la infraestructura vial en Costa Rica está pensada para carros y más carros. No se construye infraestructura vial para personas o vehículos no automotores. Y tampoco está en los planes hacerlo a futuro.
En ese sentido, el término jaywalking da cuenta de un desplazamiento social muy particular. Colocar el carro, un vehículo individual, en el centro de la pirámide alimenticia, generó que el transporte para las masas fuera prácticamente desmantelado durante la mayor parte del siglo XX en occidente, y Latinoamérica no fue la excepción.
Hacer jaywalking en nuestra centroamérica es entonces un acto de rebeldía absolutamente justificado. En ciudades hechas para carros, caminar se vuelve un acto revolucionario contra la violencia automotriz.
En el cuento de ficción “El peatón”, Ray Bradbury cuenta la historia de un hombre que camina todos los días por la ciudad de Los Ángeles del año 2053, y que al final es detenido por el “Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas”.
Caminar en el futuro se convierte en una amenaza al orden social impuesto. Se convierte en un síntoma de barbarie, de “tendencias regresivas”, una actividad para salvajes incivilizados. Nuestra naturaleza bípeda negada en su máxima expresión.
Recuperar nuestras ciudades de la tiranía vehicular pasa por un trabajo consciente de caminar, caminar mucho, y caminar libremente. Caminar como lo han hecho los seres humanos desde su origen.
Devolverle a las ciudades su carácter público implica aceptar el caos y la tradición popular de cruzar donde nos da la gana.
“Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead.”
El peatón. Ray Bradbury. 1951.
Autor: Eddson Miguel Gómez Chavarría
Fecha de publicación original: Noviembre, 2024