“Cierra los ojos

Y salta, cae sin mirar

Pájaros vuelan

Siguiendo tu brisa en el mar”

– Chicarica

“Birds don’t sing, they just fall from the sky”

– Tv Girl

Era un día azul, el calor se sentía pesado, aún con las ventanas del carro abiertas.

El viaje había sido largo, la familia partió después de una mañana atareada en la casa. Unos desayunaban rápidamente, otros se bañaban, otros echaban bolsas y chunches al orgullo automotriz paterno, un Nissan Sunny del 89.

Se dirigían a visitar una propiedad recién comprada por un amigo de la familia, en La Ceiba de Orotina, cerca de la costa de Puntarenas. Habían recibido la noticia de la compra el día miércoles, entre llamadas y felicitaciones expectantes.

Marta, la madre, despertó a su hijo del medio, ya estaban por llegar. A lo lejos, unas grandes nubes apelmazadas sobre el cerro Turrubares se dejaban ver con cierto aire de permanencia.

El auto llegó a la entrada de una callecilla sin asfaltar en medio de la nada, era el ingreso a una serie de propiedades colindantes con unas amplias granjas de tilapias.

Les recibió Quique, el amigo de la familia, y con un fuerte apretón de manos le indicó a Asdrubal, el padre de la familia visitante, que era necesario avanzar unos doscientos metros por ese camino amarillento.

El auto avanzó entrecortadamente hasta toparse, a su lado derecho, con la nueva propiedad.

Podía verse el 4×4 Suzuki Sidekick 2001 de Quique, una parrilla sin encender, y la familia de aquel hombre, instalada bajo un toldo azul rey con rayitas blancas en los costados.

Los visitantes se bajaron aperezados a saludar. Claudia, esposa de Quique, les saludó con una sonrisa despierta. Tenían una pequeña llamada Adriel, y un niño de trece años llamado Josué.

Josué se acercó directamente a los hijos menores de Asdrubal, pues eran compañeros de aventuras desde pequeños. Jugaban fútbol, escondidas y videojuegos. Pero su actividad favorita era contar chistes pasados de tono y reírse sin contención.

La propiedad era amplia, pero no demasiado. Estaba precariamente cercada por unos alambres de púa y algunos árboles fruteros. Las dos familias se asentaron en la sombra de un naranjo, a excepción del hijo mayor de Asdrubal, quien salió a caminar, buscando señal para su teléfono móvil.

Poco tiempo después, llegó otro carro. Era grande, un pick up negro y de vidrios polarizados. Un hombre venía fumando cigarro con su brazo afuera de la ventana, y sin pensarlo dos veces gritó: ¡Quique!

Las familias se agruparon para saludar a los nuevos invitados. Eran una pareja jóven, y a diferencia de las otras dos, no tenían hijos. Quique los presentó como Adrián y Rebeca.

La pareja alborotó el ambiente en el nuevo lote. Se abrieron cervezas, se puso merengue en el equipo de sonido del pick up de Adrián, y las risas comenzaron a soltarse.

Después de dos cervezas Adrián sacó de su carro un maletín negro de poco más de un metro ancho. Se acercó a la mesa plástica donde estábamos todos e inmediatamente sacó de aquel maletín un rifle.

“Es un rifle de copas”, dijo como si fuera un concepto conocido por los presentes. El hombre enseñó el arma. Un brillo en los ojos de los hombres, niños y adultos, se iluminó al ver aquel objeto, por lo que fácilmente Adrián convenció a todos a ver el rifle en acción.

Las tres mujeres, por su parte, menos impresionadas por el objeto armamentístico, se dedicaron a preparar unas cervezas micheladas y a tertuliar con una bachata alegre de fondo.

El grupo interesado en balística iba conformado por los tres hombres adultos, por el hijo mayor de Quique, y por los dos hijos menores de Asdrubal. Salieron de la propiedad y caminaron tierra adentro.

Pronto comenzaron a notar unos grandes huecos en la tierra, Quique explicó que eran los estanques donde un hacendado de la zona criaba tilapias.

El pasto era muy alto, sospechoso, de un amarillo triste carraspeado por el sol. Adrián caminaba imponente, con el rifle en el hombre, y un cigarrillo que le colgaba por la comisura de la boca. El humo del tabaco le bailaba por su bigote pelirrojo.

Se detuvo sin avisar y empezó a enseñarle al grupo cómo cargar el arma. Mostró un compartimento donde se alojaban cientos de pequeñas copitas de metal, parecidas a un dedal. Esas eran “las balas” o mejor dicho, las copas. El rifle se cargaba con la presión de aire.

Una clase de brazo salía de la parte inferior del rifle, el cual se debía subir y bajar para cargar de aire el arma. Al final costaba mucho subir el brazo de vuelta, mencionó Adrián, eso significa que el rifle estaba casi listo para disparar.

Nuevamente, y sin previo aviso, Adrián se puso en acción. Levantó el rifle al cielo, colocó su ojo en la mira e inesperadamente disparó a un ave negra que atravesaba el cielo. Justo en el blanco.

Una mancha negra fue atraída por la gravedad y cayó a unos 30 metros del cazador. Rostros sorprendidos y extasiados se acercaron al ave caída. Era más grande de lo que parecía en el cielo.

Estaba muerta, la copa había entrado justo en el cuello, un pequeño charco de sangre se extendía rápidamente por el zacate. “¿Por qué mató al pájaro?”, preguntó el hijo del medio a Asdrubal, jalándole la camisa por detrás, sin querer ver por completo al ave muerta.

“Es solo un zanate”, respondió Adrián, contestando la pregunta para el niño y para todos los que no se habían atrevido a hacerla. “Busquemos más”, dijo el hombre sin ningún remordimiento.

‘Seguramente los zanates son aves que hacen algún daño’, pensó el niño, justificando aquella intensa aventura. El brillo de los ojos de su amigo, el hijo de Quique, había cambiado, ahora era expectante, casi de anhelo.

Avanzaron, caminando entre las pilas de tilapia y el zacate crecido, cada vez más lejos de la propiedad.

Era el turno del nuevo propietario, quien tardó un poco más de lo esperado cargando el arma, hasta que al final Adrián le ayudó, porque “si no no disparamos nunca”.

El hombre levantó el rifle, colocó su ojo cerca de la mira, y comenzó a apuntar hacia el horizonte. Se tomó su tiempo, hacía pequeñas bromas que no le sacaron ninguna risa al grupo. Eventualmente, disparó hacia otro zanate que planeaba a lo lejos, pero fue un tiro sin ganas, fallido desde sus inicios.

Era el turno de Asdrubal, quien tomó el rifle con cierta valentía que sus hijos no le conocían. Le pidió a ambos no decirle nada a su madre, para que no se preocupara. Los pequeños le dieron una mirada cómplice e inició a cargar el rifle de copas.

Logró cargarlo por completo y sin ayuda. Asdrubal, que había tomado un arma solamente dos veces en su vida, se llenó de valor y con el ojo en la mira comenzó a buscar un zanate.

Apuntó el rifle hacia la copa de un roble sabana que estaba como a 50 metros. Disparó conteniendo el aire. Un grupo de al menos 4 zanates salieron revoloteando de aquel gran árbol. Asdrubal apuntó a un pequeño grupo, fue su estrategia, pero no tuvo suerte.

Adrián retomó el poder de su arma, disparó un par de veces más, pero no volvió a lograr la hazaña asesina de su primer tiro. El grupo estaba un poco cansado, el sol picaba en la piel, y los párpados buscaban entrecerrarse.

Antes de que tomaran la decisión de devolverse a la propiedad, Josué, el hijo mayor de Quique, le dijo tímidamente a su padre que quería disparar el rifle de copas.

Quique le dijo a su compadre, quien no encontró problema alguno. Le cargó el rifle al joven, se lo puso sobre las manos y le dijo: adelante. El niño sonrió levemente, sintiendo el peso y el frío del arma en sus manos.

Se acercó a la mira. Cerró su ojo izquierdo, y después de pasados algunos segundos, pudo ver con claridad con su ojo derecho.

No sabía dónde buscar, volvió la mirada a Adrián, quien entendió y le mencionó que por un árbol de cedro, había visto llegar a varias aves. El niño giró un poco en dirección del árbol, y vio cómo salía volando una ave, pero no era un zanate.

El disparo provocó que el niño casi se cayera para atrás, el grupo quedó a la espera del golpe, pero no se escuchó nada, la copa no había impactado el árbol, ni a ningún pájaro.

El adolescente, algo decepcionado, pidió otro tiro, pero su padre le dijo que no más. Adrián tomó el rifle, lo volvió a poner sobre su hombro, y le dijo al chico: ahora más tarde.

El grupo regresó a la propiedad y les recibieron con cervezas y carne caliente, recién sacada de la parrilla por Claudia, quien se consideraba una maestra parrillera. Era ella la de la afición en la casa y no Quique, como comúnmente se creía.

Mientras los adultos comían y vacilaban. Los tres niños aventureros hablaban sin parar del rifle, y de los disparos que habían presenciado. El hijo de Quique hablaba de una manera extraña sobre el zanate muerto, casi como si hubiese un gozo detrás del velo de la muerte de aquella ave.

El hijo del medio de Asdrubal, un poco contrariado, percibió esta sensación de alegría en su amigo, y le preguntó si le gustaría matar un ave. Y este sin pensarlo dijo que sí, que un zanate podía ser. “Esos pájaros son malos, son de mala suerte, y se comen las cosas de la gente”. Los otros dos niños, inocentes, asentían rítmicamente con la cabeza.

El almuerzo había sido todo un éxito. Los invitados estaban satisfechos, incluso habían dejado algo de comida en los platos, señal inequívoca, al menos para la anfitriona, de que les había llenado los estómagos hasta no poder.

Instalaron algunas hamacas entre los árboles, y muy pronto fueron ocupadas para la siesta. Los niños con permanente energía habían decidido caminar por las granjas de tilapia.

Los dos menores de Asdrubal se adelantaron, corriendo bajo un cielo límpido. Se detuvieron junto al segundo estanque de tilapias que encontraron en el camino. Se asomaron, pero no vieron ningún pez nadando por aquella agua que parecía sucia. Decidieron esperar ahí a Josué.

El chico llegó poco después, casi corriendo, traía algo grande entre manos. Era el rifle.

“Nos dieron permiso de usarlo”, dijo Josué. Los hermanos se volvieron a ver, sin decir palabra. Josué estaba exaltado. Tomó la iniciativa y caminó rápidamente, alejándose de la propiedad y de las pilas de tilapias.

Caminaron al menos unos 10 minutos, siguiendo un trillo trazado por los primeros terratenientes de aquella zona. Josué abrazaba el rifle de copas, con el cañón sobre el hombro.

Llegaron a una propiedad ganadera, había unas cuantas vacas pastando. Josué se detuvo, y comenzó a buscar alguna presa para disparar. Vio que algunos pájaros entraban y salían de un árbol cercano, seguramente un guarumo.

Inició a cargar el arma. Subía y bajaba el brazo del rifle. Subía y bajaba. Subía y bajaba. Se notaba la presión en el rifle. Subía y bajaba. Pensó en su padre, en cómo había fallado en cargar completamente el arma. Sentía la presión en sus dientes, en sus brazos. Subía y bajaba.

Ya estaba cerca, pero era difícil subir por última vez el brazo del rifle, estaba cerca. Tiró el rifle al suelo y apretó el brazo contra la tierra y empujó el arma. Listo, se cargó por completo. Había superado a su padre.

Su mirada estaba nublada de deseo. Quería ver cómo caía otra ave a una velocidad de muerte y se estrellaba contra el pálido suelo. Volvió a divisar el árbol, y vio nuevamente a varias aves. Era su oportunidad, su objetivo.

Apuntó el rifle, contuvo la respiración como si una voz se lo hubiese indicado en el oído, y jaló el gatillo con una fuerza manifiesta.

Al menos unos 3 pájaros salieron volando lejos de aquel árbol atacado. La copa golpeó el árbol, pero a ningún animal. El niño jadeaba, sentía un zumbido en la cabeza, sus brazos temblaban sin control.

Sus amigos se acercaron, y le preguntaron si estaba bien. Dijo que sí. El niño menor dijo que estuvo muy cerca de matar uno. El otro amigo le dijo que seguro ya pronto iba a darle a uno, pero que tuviera cuidado al cargar el arma. Ambos estaban emocionados, a la espera, preocupados.

El muchacho repitió su disparo unas 3 veces más, sin suerte. Se sentía agotado, su hombro y brazos dolían. Estaba seguro de tener algo raro en el oído. Sólo había logrado espantar unas cuántas aves. Tenía lágrimas en los ojos, había fallado, como su padre.

Los dos hermanos estaban aburridos. Ya había perdido gracia el rifle, y tenían la sensación de que debían volver al lote, con su familia.

Josué, cansado y enojado, le puso el rifle en el pecho al hermano mayor. Su nombre era Ezequiel. Le dijo que no se iban si él no disparaba al menos una vez, para que se hiciera hombre.

Ezequiel buscó la mirada de su hermano menor, quien le devolvió una sonrisa ausente y una mirada preocupada. Miró a Josué a los ojos y le dijo que estaba bien, pero que debía cargar el arma por él. Josué sonrió malicioso y aceptó.

Cargó con enojo el rifle, y de nuevo lo prensó contra el suelo para lograr cargarlo por completo. Lo levantó y le mostró, sin que Ezequiel lo pidiera, cómo hacer el disparo. Le dijo dónde colocar el arma, cómo ver por la mira, y cómo debía contener la respiración antes de jalar el gatillo. Le dijo que él iba a estar atrás de él por si se caía tras el rebote de la culata.

Tímido, con la piel fría a pesar del calor, tomó el rifle y se alejó un poco de su hermano. Quería hacer el disparo para irse lo más pronto posible. Buscó un árbol y vio muchas aves entrar y salir como si se tratase de un hotel de paso aéreo.

Por primera vez vio a través de la mira, y comprobó para su sorpresa que era posible ver a una larga distancia por medio de este aparato. Veía las ramas de los árboles con perfecta claridad, incluso objetos lejanos que estaban a lo lejos, en la montaña.

Distraído, perdió el árbol que había visto lleno de pájaros. Apartó la cabeza del rifle y buscó con su vista natural. Divisó el árbol y nuevamente se enfrascó en la mirilla del arma. Vio algunos pájaros azules, vio otros negros, grandes, seguramente zanates, vio hacia el interior, hacia el tronto principal, un pajarito amarillo, de alas negras con líneas rojas.

El ave tenía la vista en el horizonte, pero movía su cabeza casi en un giro de 360 grados cuando escuchaba o percibía algún movimiento. Era un avecilla hermosa, de un amarillo sincero, claro y profundo. Tenía el pico de un negro brillante, del mismo color de sus alas. El ave no se movía de su rama, estaba tranquila, parecía alegre, cantaba.

Josué, cansado de esperar el disparo de su amigo, le gritó, exigiendo rapidez. Ezequiel se asustó, no quería molestarlo, y sí quería volver pronto a casa. Volvió la mirada hacia el árbol que había estado observando y jaló el gatillo dejando salir un suspiro.

Un golpe contenido, enfrascado en el vacío. Caída estrepitosa, ínfima, siniestro contra la tierra áspera. El silencio se apoderó de toda la llanura, de todos los terrenos, de toda la tierra. Los niños se miraron, asustados, sin decir palabra.

Pasos cansados, tristes, conscientes. No había ni una sola nube, sin testigos. El árbol estaba rodeado de un matorral de unos 50 centímetros de alto. ¿Y si sale una serpiente?, pensó el menor de los muchachos.

Josué entró primero al matorral y sin esperar a nadie gritó de alegría.

Ezequiel avanzó, con un pitido infernal en sus oídos. Puso la mirada en los pies de su amigo y ahí estaba.

La copa le había perforado el corazón, todavía estaba con vida, convulsionando. Pequeños borbotones de sangre espesa y amarga salían pausadamente del pecho de aquella ave amarilla. Respiraba exageradamente, el aire se le salía en burbujas por la herida abierta.

Levantaba sus alas desesperadamente, con una rapidez incongruente. Auxilio exasperante. Era como si con sus alas quisiera detener la hemorragia que se comía su cuerpo, que lo ahogaba en su propia sangre.

Ezequiel no dijo palabra, tenía un nudo en la boca y un hueco en el estómago. Acercó su dedo índice al ave pero le dio miedo tocarla.