¿Qué tienen en común el metro, los puestos de ventas informales y las monumentales esculturas mexicanas? Pues todo, claro.
Las líneas que escribo a continuación son el resultado de observaciones hechas por alguien que nunca había estado en Ciudad de México. Son también, en un sentido más profundo, el resultado de una absoluta ignorancia.
La ignorancia permite generar ideas y conocimientos nuevos. Si decido ir a internet a buscarle nombre y respuesta a mis observaciones, estaría contaminando mi experiencia en su lógica más curiosa, más humilde y más ignorante.
Por esta razón, puede que la persona que lea este texto esté tentada a pensar que no estoy dándole el reconocimiento a prácticas harto conocidas, ya sea artísticas o culturales. Lo único que puedo repetir es que escribo desde esa bendita ignorancia.
Le llamo ‘amontonamiento creativo’ a esa práctica mexicana de expresar, en un solo lugar, una multitud de elementos que constituyen un todo en el espacio y en el tiempo.
Son configuraciones totales que a veces rayan en lo imposible, dan la sensación de que se está llevando ese todo al límite, es decir, en sus manifestaciones parece que no cabe ni un elemento más. Y sin embargo, siempre hay espacio para algo más.
Cada manifestación de este orden abultado es una representación de un cosmos particular, de una forma de ver y percibir las cosas. Así como el cosmos, estas manifestaciones creativas están en constante cambio y expansión en México.
Sin parecerlo a simple vista, los puestos de tacos, el metro, los pesebres o “pasitos” del nacimiento de Jesús, los tianguis callejeros, las obras de arte toltecas, las tumbas méxicas y mayas, las pirámides de Cholula, el Templo Mayor de Tenochtitlan, y la propia Ciudad de México comparten rasgos de orden y configuración muy particulares.
El amontonamiento creativo se construye y destruye prácticamente a diario en México.

Las señoras deben crear de la nada sus puestos de venta en las afueras del metro. Insertan una llavecita en el cofre que resguarda su mercadería, abren las cajas llenas de productos, y comienzan, con una paciencia ancestral, a colocar por aquí y por allá sus dulces, cigarros y botanas enchiladas.
Quienes eran conferidos por los dones artísticos dentro de las sociedades preclásicas, y posteriormente en la méxica, imprimían sobre sus obras esa misma visión de mundo, de un todo que solo tiene sentido en sí mismo. Lo podemos ver en sus esculturas, su cerámica, y en sus grabados sobre piedra.
No hay miedo o contención a la hora de expresar todos los elementos que constituyen la obra. No existe un atisbo de minimalismo, o una represión creativa: se pone todo sobre la mesa, todo está sobre y en la obra, literalmente.
Me gustaría caracterizar el amontonamiento creativo con al menos tres ideas: desbordamiento, historia, y capas. Lo que intentaré hacer es explicar a qué me refiero con cada una, y al mismo tiempo ofrecer ejemplos visuales de esas características, dado que considero que la escritura no es suficiente para expresar algo que es fundamentalmente no escrito.
desbordamiento.
Mi visita por accidente al Palacio de Iturbide cambió por completo mi visión sobre la ciudad y encendió la chispa sobre este patrón, esta expresión que veía por todas partes en mi viaje, ese amontonamiento creativo.
Cerca del Palacio de Bellas Artes, sobre Avenida Francisco Madero, se encuentra otro Palacio, que fue residencia del Primer Emperador que tuvo México en su historia momentáneamente monárquica: Agustín de Iturbide.
Visitaba la zona turística del centro de la ciudad acompañado con mi amigo Fernando, que tenía algún tiempo de vivir allá y tuvo la gentileza mayúscula de enseñarme la ciudad. Él, siendo antropólogo, me ofrecía una perspectiva única de esa gran urbe.
Entramos al impresionante palacio, ahora convertido en museo, y pudimos observar una exposición sobre nacimientos, pasitos o pesebres: representaciones del nacimiento del niño Jesús de Nazareth. El mito del origen de uno de los personajes más importantes para la cultura latinoamericana.
Digo que esta exposición cambió mi forma de ver las cosas porque era un absoluto despliegue de arte en formatos inimaginables. Pueden ver solo algunos ejemplos en las fotografías.
Lo primero que noté fue que muchos de los elementos de las obras la desbordaban, se salían de su estructura, rompían con la norma de quedarse dentro de la línea.
Había notado este patrón en otra parte, o más bien, en todas partes. En la Ciudad de México, es común ver cómo en la mayoría de puestos de venta callejeros o tianguis, algunos productos están guindando o son colocados en ganchos que salen desde las partes altas de los armatostes improvisados.
Pero no sólo era el asunto de que estaban “guindando” sino que también parecía que los productos u objetos se desbordaban de las propias estructuras. Como mostrando cierta frondosidad, abundancia, una oferta amplia de colores, formas y productos. En algunos lugares eran chicharrones de cerdo en cuadrados, en otros lugares eran botanas picantes, en otros audífonos para celular.
Este desbordamiento característico del amontonamiento creativo tiene nombre en el arte barroco, y es conocido como horror vacui, horror al vacío, u ornamentación desbordante.
Conocí este concepto en el Museo Internacional del Barroco, en Puebla, donde muchas obras tienen la característica de que sus elementos parecen no caber dentro de la obra, se salen o se caen de la obra. En ese museo se encuentra el “Arco Triunfal” (2015) de Humberto Spíndola, una obra barroca increíble:
Papel de china sobre madera tallada, carrizo, tintes naturales, cola, baba de nopal, hoja de oro y vidrio soplado.
Col. Museo Internacional del Barroco, Puebla, México
La fiesta barroca integró una serie de símbolos colectivos. Las ciudades sirvieron como escenarios para el teatro de la celebración, en el que se confundía lo real y lo aparente, la exageración y el adorno. Los arcos triunfales, elaborados con materiales efímeros, eran parte importante de los recibimientos que hacían las poblaciones a sus gobernantes. Este arco conmemora la inauguración del Museo Internacional del Barroco.
Arco triunfal (recreación)
Humberto Spíndola
2015-2016
México.
El desbordamiento es también una característica de la Ciudad de México. Primero fue una ciudad ejemplar del imperio méxica, y a partir de la llegada de los españoles y la dolorosa conquista, la ciudad de México se convierte en un espacio que crece sin cesar, la ciudad desborda el lago del que nace. Hace falta con ver por fuera de la ventana del avión para saber lo inmensa que es la Ciudad de México. O atravesar sus barrios populares desde las alturas del teleférico más grande del mundo, y elevarse por las montañas interminables de barrios y casitas.
Me parece que una de las formas en las que se conoce a un país es por la manera en la que están distribuidas sus cosas en el supermercado. No sólo qué tipo de marca nacional o internacional ofrecen, sino cuál es la manera en la que distribuyen los productos en locales pequeños, donde se expresa de mejor manera la cotidianidad.



Es decir, la manera en la que están colocados los productos que ofrecen en un kiosco o pulpería o tienda expresa una manera de ver el mundo. En México los productos “desbordan” las alacenas, los ganchos se “amontonan” en las alacenas formando capas o cortinas de productos.
Sin duda alguna, este desbordamiento en las tiendas de alimentos no es otra cosa que ese horror vacui mexicano que se expresa en el orden de sus cosas. Los ganchos de golosinas y de chicarron cuadrado que parece siempre a punto de caer al vacío por fuera de la estructura. Nada más barroco que un tianguis.


historia o el árbol de la vida.
El segundo patrón del Amontonamiento Creativo comenzó a hacerse manifiesto en el Palacio de Iturbide, también lo noté en el Museo Nacional de Culturas Populares, en Coyoacán, en el Museo de Antropología de CDMX, y luego se terminó de cristalizar en una idea en Puebla, casi al final de mi viaje, en la Casa de la Cultura Pedro Ángel Palou Pérez.
Los elementos de las obras seguían más o menos la forma de un árbol: partían desde un centro o tronco común y se posicionaban de diversas maneras en el espacio. Pero la distribución no era azarosa, seguía algunas líneas, como si fuera una fuente o las ramas, de nuevo, de un árbol.
Esto que había notado eran expresiones de lo que en México se conoce como el “árbol de la vida”. Es una práctica ancestral y artesanal que se ha convertido en todo un ícono cultural de los pueblos mexicanos.
Como pude ver durante todo el viaje, muchos de estos “árboles de la vida” cuentan situaciones concretas o intentan narrar una historia, en donde la naturaleza tiene una importancia mayúscula. En otras palabras, no solo implica que la naturaleza está relacionada a la vida humana, sino que la vida humana es una con la vida natural.
Esto resulta relevante en un contexto colonizado como el mexicano, en donde el proyecto civilizatorio europeo impuso una cosmología del mundo que separa al ser humano de la naturaleza, y al mismo tiempo, separa al ser humano del ser humano. El “árbol de la vida” implica una ruptura con este pensamiento occidental en tanto no implica una ruptura de la vida misma, y la expresa en su totalidad: es una singularidad que puede explicar el todo y a sí mismo simultáneamente.



Conviene aquí hace una breve reflexión filosófica sobre el carácter “universal” de la idea de amontonamiento creativo. Zizek cita a Kierkegaard para hablar sobre la relación entre lo singular y lo universal, en su libro “Contra el progreso”:
«La excepción enérgica y decidida es la que sabe defenderse, y también sabe, aunque estén en lucha con lo universal, que es un vástago de su mismo tronco. (…) La excepción, mientras se piensa a sí misma, piensa también en lo universal; (…) y, explicándose a sí misma, explica lo universal. La excepción, por tanto, explica lo universal y se explica a sí misma. Tan verdadero es esto que el que quiera estudiar a fondo lo universal no tiene más que contemplar una excepción justificada y legítima. (…) La excepción legítima se halla reconciliada con lo universal.»
Podríamos decir, entonces, que el amontonamiento expresado en “el árbol de la vida” es sin duda alguna una “excepción enérgica”, una expresión que tiene sentido en sí mismo y, simultáneamente, tiene sentido para todo un universo cultural. Son como un agujero negro, son una expresión singular del universo que al mismo tiempo lo explica o lo funda.
Y es justo esa naturaleza singular/universal la que le da un carácter histórico al “árbol de la vida” como expresión artística mexicana; es la historia en doble sentido (historia con H mayúscula y con h minúscula).
Es decir, por una parte el “árbol de la vida” narra cierta historia, y por otra parte, en su desdoble, cuenta la Historia de una práctica milenaria contenida en su forma. El amontonamiento creativo no solo se usa para contar historias, sino que es historia en sí mismo.
Consideremos otro ejemplo, tal vez menos “estético” como el árbol de la vida que transmite cierta armonía u orden.
El sistema de metro de México narra una historia de catacumbas, de destrucción creativa, de velocidad irreparable. También narra una historia de pugnas políticas, de desplazamiento urbano y de modernización salvaje a partir de su construcción en los años sesenta. La historia de la ciudad misma es esa. Por eso la cuentan todos los días quienes construyen a diario sus tianguis en el metro: cuentan una historia con sus puestos, y son al mismo tiempo una expresión contenida de la historia mexicana.

La historia del metro de Ciudad de México es una perfecta expresión del amontonamiento creativo porque implica por propia definición que el amontonamiento no sólo es poner cosas una sobre otra, sino que también requiere un trabajo de subsuelo, un trabajo de transposiciones, un trabajo de capas.
Capas.
La propia construcción de la ciudad de México, una ciudad sobre otra ciudad, contiene esa tercera característica del amontonamiento creativo: sus capas.
Una de las primeras cosas que te dicen de México es que todo está construido sobre una pirámide. Y pues, de alguna manera es bastante cierto.
En un sentido arquitectónico y urbanístico hay muchas edificaciones importantes construidas sobre pirámides, pero de manera más profunda, en un sentido cultural, hay una imposición de una civilización sobre otra. Es el caso de la pirámide de Cholula.
La Gran Pirámide de Cholula, que relata una construcción por fases desde los olmecas y hasta los méxicas, tiene construida en su cima la iglesia católica de la Virgen de los Remedios.
En Cholula, varias civilizaciones construyeron, una sobre la otra, una pirámide, una estructura geométrica que por su naturaleza atraviesa las dos dimensiones de un plano para llegar a una tercera. La Gran pirámide de Cholula tenía por nombre Tlachihualtepetl, que significa “Cerro hecho a mano”.
La ingeniería del amontonamiento fue perfeccionada en esta edificación, que es la estructura piramidal más grande del mundo. Cuando llegaron los españoles, comprendieron la importancia de la pirámide, y de una manera tosca y violenta, erigieron su templo encima. Una civilización sobre otra civilización.
Este es un caso muy similar al de Huey Teocalli o Templo Mayor.
Cuando salimos de la estación Zócalo/Tenochtitlan no sabía lo mucho que me iba a impactar conocer las ruinas de Templo Mayor, que se encuentran justo debajo de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México.
Pude observar, tal y como sucede en Cholula, que la sociedad española impuso su más grande iglesia precisamente donde se encontraba el principal centro sociopolítico de la sociedad mexica una vez fue destruido. La imposición, literal, violenta, asesina, colonial de una civilización sobre otra se manifestaba justo a mis pies.
Muchas veces pensamos en los acontecimientos históricos como si fuesen momentos espontáneos de la realidad que vemos y que nos cuentan, pero pocas veces se tiene la oportunidad de estar en una clase de “centro gravitacional histórico” como lo es el lugar donde se ubica Templo Mayor.
La construcción de este templo se llevó a cabo en 7 fases, etapas o capas, y vivió su máximo esplendor, 45 metros de altura, cuando llegaron los conquistadores. En el Museo de Templo Mayor se puede observar las capas del templo “a cielo abierto”, como heridas de la historia que se conservan cómo recordatorio del futuro.
Las expresiones de amontonamiento creativo son pequeñas expresiones de la historia de México. Constituida y construida a diario sobre sí misma. El amontonamiento creativo es la forma de expresión que ha elegido la sociedad mexicana, consciente o inconscientemente, para expresarse en su totalidad.
Veamos un caso más que expresa la idea de amontonamiento creativo y su característica de ser expresado en capas: El Cerro de Chapultepec.
A continuación el texto presente en una gran placa de la entrada del Museo de Historia Nacional de México, que se encuentra justo en la cima de este cerro:
“CHAPULTEPEC
EN NAHUATL, CERRO DEL CHAPULÍN
1116. HUEMAC, ÚLTIMO REY TOLTECA, SE AHORCA EN LA CUEVA DE CINCALCO, EN CHAPULTEPEC
1300. EN SU PEREGRINACIÓN LOS AZTECAS HACEN UN ALTO AQUÍ Y ELEVAN UN ADORATORIO.
1552. EL VIRREY DON LUIS DE VELASCO LEVANTA UNA ERMITA CRISTIANA
1785. EL VIRREY DON BERNARDO DE GÁLVEZ, CONSTRUYE LA FORTALEZA
1841. SE TRASLADA AL CASTILLO EL COLEGIO MILITAR.
1847. EN ACTO DE SUPREMO VALOR Y DEBER LOS NIÑOS HÉROES SE INMORTALIZAN CUBRIENDO DE GLORIA A LA PATRIA.
1854. MAXIMILIANO Y CARLOTA ADAPTAN EL ALCÁZAR Y LO CONVIERTEN EN SU RESIDENCIA.
1884. EL CASTILLO ES DECLARADO RESIDENCIA PRESIDENCIAL.
1913. SALE MADERO AL SACRIFICIO ESCOLTADO POR EL COLEGIO MILITAR.
1944. SE INAUGURA EL MUSEO NACIONAL DE HISTORIA EN ESTE CASTILLO.”
Chapultepec expresa una singularidad espacio temporal manifiesta de la Ciudad de México, un “amontonamiento creativo” histórico que se ha construido y destruido una y otra vez. Un lugar “sagrado” mexicano en el amplio sentido de la palabra.
El hecho de que un cerro haya tenido tal relevancia para un espacio concreto, expresado así durante varias civilizaciones, es sólo un ejemplo de la trascendencia histórica que implica la idea de amontonamiento creativo. Así lo explica la siguiente placa, que se encuentra en la terraza del Castillo:
“A la llegada de los conquistadores españoles, Chapultepec era considerado un sitio sagrado, donde era propicio invocar el favor de los dioses. Las antiguas tradiciones señalan que a la sombra de sus árboles se abría un pasaje a los mundos subterráneos y que, a orillas de sus manantiales se realizaban sacrificios a las deidades del agua. Las fuentes históricas coinciden en que el primer Moctezuma Ilhuicamina, «El Flechador del Cielo», labró su retrato y el de su hermano Tlacaelel en una roca y que aquí mandó enterrar, junto con un inmenso tesoro a algunos miembros de su noble familia. De aquellos retratos sobreviven algunos relieves en la ladera oriente del cerro.”
Cholula, Templo Mayor y Chapultepec son 3 casos muy particulares que nos muestra una forma histórica de expresión en capas, de cómo las civilizaciones que han habitado, conquistado y permanecido en México han manifestado su historia.


cierre.
Las tres características del amontonamiento creativo que expuse aquí (Desbordamiento, Historia y Capas) constituyen apenas una descripción inacabada de algo que noté: son una mirada sucinta, siquiera un pestañeo curioso, que logró ver una singularidad expresada en una ciudad vasta e infinita.
Los 15 días que estuve por México cambiaron mi vida. Una vez hube de tocar suelo mexicano supe que era un lugar especial, una escenografía que era al mismo tiempo personaje. Sin embargo, no es sino hoy, poco más de 1 año después de ese viaje, que puedo concretar esa admiración por ese país a través de este texto.
bonus sobre literatura.
Una de las primeras preguntas que me hice al comenzar a notar este patrón en las calles de la Ciudad de México fue: ¿es capaz la escritura de expresarse de esa manera?
Es decir, ¿puede alguien amontonar un texto escrito? ¿Puede alguien escribir de tal manera que pueda leerse toda la obra al mismo tiempo? ¿Puede escribirse de una forma en la que todos los elementos o palabras que constituyan ese texto sean expuestos de manera simultánea?
Recordé el inicio de la imperdible novela de José Saramago, ‘El Evangelio según Jesucristo’. Un libro magnífico, probablemente de los mejores (si no es que el mejor) que he leído en mi vida.
Saramago arranca su novela con una descripción narrativa de una obra de arte en donde se representa el drama de la crucificción. Se toma al menos 8 cuartillas para detallar cada elemento relevante de la imagen. Hablando de un todo, la descripción de Saramago es todo un único párrafo.

(…) Entre las dos cuñas que aseguran la verticalidad de la cruz, como ella introducidas en una oscura hendidura del suelo, herida de la tierra no más incurable que cualquier sepultura de hombre, hay una calavera, y también una tibia y un omoplato, pero la calavera es lo que nos importa, porque es eso lo que Gólgota significa, calavera, no parece que una palabra sea lo mismo que la otra, pero alguna diferencia notaríamos entre ellas si en vez de escribir calavera y Gólgota escribiéramos gólgota y Calavera. No se sabe quién puso estos restos aquí y con qué fin lo hizo, si es sólo un irónico y macabro aviso a los infelices supliciados sobre su estado futuro, antes de convertirse en tierra, en polvo, en nada. Hay quien también afirme que éste es el cráneo de Adán, ascendido del negror profundo de las capas geológicas arcaicas, y ahora, porque a ellas no puede volver condenado eternamente a tener ante sus ojos la tierra, su único paraíso posible y para siempre perdido. (…)
Sin embargo, el texto de Saramago no logra contener ‘el todo’ dentro de su descripción. La primera prueba de ello es que el libro contiene, de hecho, la imagen de la obra de arte. Es decir, la imagen precede al texto, Saramago nos toma de la mano para llevarnos a pasear por la imagen.
Decidí dejar por fuera del análisis del amontonamiento creativo esta ocurrencia sobre los textos escritos, pero me pareció en todo caso alguna cosa loca que puede valer la pena imaginar, y por lo tanto, crear.































