la lavandería

¡Enzo, querido! Siempre me recibía con una cálida sonrisa. Le mostré el comprobante que él mismo me había entregado hacía dos días, pero no lo tomó, ni siquiera la volvió a ver. 

El hombre se levantó de un banquillo alto, cruzó la lavandería hasta el otro lado y buscó en una estantería como un librero busca en una biblioteca. Encontró 2 bolsas con mi nombre, las tomó y las puso sobre el pequeño mostrador a mitad de puerta. Enzo, querido, tuvimos un problema

Mi nombre ni siquiera era Enzo. Pero se sentía bien que algún desconocido me dijera “querido” en Argentina. Tenía 1 mes de haber llegado a Buenos Aires y el apartamento donde me hospedaba no tenía lavadora. No sabemos cómo pero una media roja cayó en tu ropa blanca… y bueno, viste que pintó rosado. 

Creí que el hombre estaba bromeando, tomándome el pelo. 

No le entiendo, balbuceé, yo no tengo medias rojas.

El lunes 17 de marzo llevé a ‘Lavandería Susana’ dos bolsas de ropa; una de prendas oscuras y una de camisas blancas. Nada rojo. El hombre me dio un tiquete que tenía la fecha y mi nombre, o lo que entendió de mi nombre: Enzo. Dos días después, fui a recoger la ropa.

El señor de la lavandería, cuyo nombre nunca atreví a preguntarle, me dijo: no le voy a cobrar nada, en serio perdone, esto no nos pasa, no, no, no es común. No podía dejar de verle el bigote. Tenía un bigote poblado y unos pequeños ojos pispiretos, negros como el azabache.

Ninguna de las camisas blancas tenía especial valor, así que intenté disimular mi bajón señalando que no era para tanto. Además, habían salido gratis las dos tandas de ropa. Me despedí con una sonrisa. Mientras caminaba al apartamento, pensé que el arte de la lavandería se trataba, sobre todo, de no dejar marca.

El próximo lunes 31 de marzo volví al lavadero; esta vez con 2 grandes bolsas, la combinación de un sudoroso verano y una ropa de cama con dos semanas sin cambiar. ‘Enzo’ volvió a escribir el señor en el comprobante. Me pidió volver dos días después.

El miércoles regresé por mi ropa con la frustrante sorpresa de que volvió a “pasar algo”. Enzo, querido… En esta ocasión, había sido mi culpa. Además de la ropa de cama, mandé a lavar una campera azul de algodón, recién comprada. Al parecer fallé en notificar que era nueva, pues destiñó todo su azul en el resto de mi ropa. Medias azuladas, camisetas con líneas carmines azarosas como pequeños rasguños felinos, toallas de baño oscurecidas, como bañadas en agua de pulpo.

Cerré los ojos y suspiré. Le pregunté cuánto me cobraba. Me dijo que solo me iba a cobrar la ropa de cama. 

De verdad disculpame, Enzo, querido…

Cuando llegué al apartamento, comencé a buscar nuevas lavanderías en Google. Mientras buscaba, pensé que estaba siendo un poco duro, ambos errores habían sido relativamente comprensibles, pero la frecuencia me dio mala espina.

Pasaron dos semanas y olvidé buscar una nueva lavandería. El lunes 7 de abril había una amenazante montaña de ropa sucia que tenía la capacidad de mirarme a los ojos desde cualquier lugar del apartamento. Mientras separaba la ropa sucia en colores, y reflexionaba sobre la velocidad con la que olvido las cosas, decidí darle una última oportunidad al señor lavandero de alto bigote. 

¡Enzo, querido! Lo dijo con sorpresa, seguro pensó que no volvería. 

Te prometo que esta vez no nos pasa nada. Y me hizo un improvisado saludo militar. Anotó en un cuaderno el pedido, pero no llenó el tiquete de siempre. A vos te conocemos, Enzo, no es necesario el comprobante. Venite mañana por la ropa si querés. 

Me fui con la sensación de que me faltaba algo. Me faltó sentir ese cariño en la letra tosca del “Enzo” escrito por el señor de la lavandería. Llegué a mi casa con la hueca sensación de que había llevado mi ropa a desaparecer. No tenía ni ropa ni comprobante.

Al día siguiente no volví por la ropa. Había caído un aguacero torrencial y hacía un calor del demonio. Quedé en casa con la sensación de que mi ropa desaparecía un poco más con el día de lluvia.

Desperté el miércoles entelarañado de sueños lluviosos. Lo primero que hice fue ir a la lavandería. Era una mañana hermosa, la lluvia había bañado los árboles, pero las calles soltaban un ligero vapor que pronosticaba una tarde de bochorno.

Antes de cruzar la esquina de Gaínza, vi que la lavandería tenía un gran lazo negro encima de la puerta. Sentí un escalofrío recorrer mi piel. Me atendió una muchacha, podía ser de mi edad. Me pidió el comprobante de mi pedido. 

Le dije que no tenía, que el señor que me había atendido el lunes me dijo que no era necesario. Sonrió tristemente. Ah sí, es mi papá. Él falleció el lunes por la noche, por eso el lazo negro, viste, ni siquiera pudimos cerrar unos días el lavadero. ¿Cómo te llamás?

Enzo, dije sin pensarlo. Me dio tres bolsas de ropa. No sé si me despedí o no. No sé si le di las condolencias o no. Caminé al apartamento sin poder concretar ni un solo pensamiento. Mientras abría el portón se me cayeron las llaves, dejé caer las bolsas, me envolvía una ansiedad ajena con cada segundo que pasaba. 

Logré entrar rápido, cerré el portón pero no le puse doble llave. Todavía faltaba abrir la puerta del apartamento y sentía que se me agotaba el aire. ¿Cómo había muerto el señor, qué le había pasado? Entré tropezando, cerré la puerta durísimo, me disculpé con nadie. 

Tiré al suelo las bolsas de ropa y me lancé sobre ellas. Con rapidez introduje mis dedos en el plástico y rompí con fuerza una por una las bolsas. Tiré la ropa hacia todas partes. Buscaba algo, una señal, un comprobante, una media roja, un breve rayón azul.

Pero solo había ropa limpia, impecable.

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