yo no sé del sol

Hace poco descubrí que toda primavera es una primera primavera. O lo que es lo mismo, la palabra primavera se contiene a sí misma en un caracol infinito de flores y botones. 

Era el último mes del invierno, la conocí en su trabajo, en una cafetería cerca de la estación de Villa del Parque. Me dirigía a Palermo, y tomaba el Ferrocarril San Martín. Pedí una medialuna y un café cortado, para llevar. 

Tuve la sensación de haberla visto antes, en alguna otra parte. Como si su rostro se hubiese colado en un pliege de mi mente desde antes de haber nacido. Una mirada que me veía por primera vez desde hacía incontables ayeres.

Tenía una sonrisa alegre, inquieta. Mientras preparaba mi pedido, su compañera le mostró una pizarra de tiza a un cuarteto de viejos que acumulaban rabias y tazas de café en una mesa cercana a la caja: Muchachos, ¿cómo me quedó el letrero?

Bárbaro, dijo uno. Otro aplaudió y otro dijo: preparame una taza inmediatamente, querida. El último señor no vio el aclamado letrero de guiso de lentejas, estaba distraído enrolando un pequeño cigarrillo de tabaco marca Argento con sus largos dedos arrugados. 

Ella me sacó de mis pensamientos, me preguntó: ¿querés que le ponga almíbar a tu medialuna? Me sorprendió la tosca dulzura de su voz, aunque genuinamente no sabía cómo responder a la pregunta. 

No sé. Ella rió. Te va a gustar. Tomó un jarrito de metal que estaba cerca de la cocina, y lo inclinó levemente para dejar caer una sustancia viscosa y tibia que envolvió suavemente a la medialuna en un baño de cristal líquido. Colocó la medialuna sobre un plato de cartón, le puso papel encerado encima, y dejó el pedido en el mostrador frente a mi. 

Me sonrió a los ojos. No había dejado de verla desde que me preguntó por el almíbar. Me sentí verdaderamente apenado. Miré a otra parte. Uy tu café. Se volvió a la máquina de espresso que previamente había puesto en acción, y recogió la cosecha recolectada en un vaso de cartón negro. 

¿Azúcar blanca o rubia? No sé… Blanca, creo. No sabés nada vos. Se rió. Me dio dos bolsas de azúcar blanca, un removedor de madera, y una servilleta con el nombre de la cafetería. Vi su sonrisa otra vez. Gracias. No, por favor, a vos.

Toda primavera es una primera primavera. Me besó por primera vez en la estación del subte de Callao. 

Era de noche, un domingo tardío de septiembre, la estación estaba vacía excepto por algunos pocos anónimos transeúntes silenciosos. 

Cuando saqué la tarjeta electrónica para pagar ella soltó una carcajada, y procedió a forzar levemente la barra para pasar sin pagar. Vení, pasá rápido. El subte no llegaba, a pesar de la mentirosa pantalla que aseguraba que estaba ya en el andén. 

Mientras esperábamos, se acercó y me miró a los ojos con ternura.

Sin poder aguantar su mirada, rompí la tensión del silencio, le dije:

¿Qué te pareció la obra? 

No me gustó. 

¿Por qué no? 

Y no sé, me pareció aburrida, ¿a vos te gustó? 

Sí, a mí sí me gustó. 

Porque sos aburrido vos, y no sabés nada… Vení.

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